No me gustan las series ni las películas de ficción; prefiero las que se basan en la realidad, aunque ésta resulte ser cruel y dolorosa, porque tienen el mérito, en mi parecer, de hacernos entrar en razón -ese es, por lo menos, su propósito: “El que quiere oír, que oiga; el que quiere ver, que vea”-.  Para infortunio de la humanidad no se ha reflexionado lo suficiente sobre el flagelo del narcotráfico y sus inconmensurables alcances; sobre todo, no se ha caído en la cuenta de su mortal efecto en la población infantil del planeta. En principio todos y cada uno de los protagonistas de este concierto macabro merecen, a su manera, el fatal destino con el que se encuentran  -nadie escapa a la maldición que se cierne sobre las cuerdas anudadas y atadas al extremo de este azote- con excepción de los niños a quienes, sin el menor asomo de clemencia, se les arrastra en el torrente de ambición de dinero y poder que las drogas, paradójicamente, desencadenan.

BREAKING BAD no hace, ni siquiera milimétricamente, una apología de semejante crimen. Nos pasea, en cambio, con pasmosa tranquilidad, sin acudir a recursos retóricos ni a efectos especiales, por el paisaje en el que convivimos con “respetables” personajes de la vida socio económica cuyo cinismo llega hasta el límite de recoger bendiciones por posar de benefactores de esta y aquella obras; en verdad, la frialdad ferrosa de estos miserables, capaces de avasallar hasta que otro de sus congéneres los somete, a su vez, a obediencia, en esa interminable escalera de pesados peldaños de muerte y desolación, no conoce pedagogías distintas a la crueldad. Escudados, para justificar su ruindad en un supuesto amor selectivo y protector hacia su “familia” desarrollan una inteligencia einstiana, pero no por ello menos sangrienta, para depredar a quien, real o imaginariamente, se les atraviese.

Los niños no escapan a tan repugnante danza de horror; a su temprana edad ya arman “porros” con los cuales sentirse “grandes” convertidos en marionetas infantiles en el mercado de la satánica oferta; los enseñan a disparar antes de que sepan amarrarse bien los cordones empoderándolos dentro de las filas del ejército de sus “patrones” necesitados, como siempre se sienten éstos dentro de su paranóica existencia, de afianzar, extender y proteger “su” territorio. Pero nada produce mas desolación que el “hogar” de los niños con padres drogadictos; ninguna escena tan dantesca como la del casi bebé en soledadhambriento, que flota indefenso en el mar del desorden, del desaseo, del abandono; acompañado por el ruido y las imágenes indiferentes de un único e inhóspito canal de televisión, a quien le cuesta identificar un típico juego infantil. El milagro de la supervivencia entre la carroña en la que día a día se van convirtiendo, perfectamente sumidos en la más absurda indiferencia como para atisbar al fruto de sus entrañas, sus propios padres!

Cuando ya nada nos quede, habiendo tristemente destruido, como parece que fuera nuestro objetivo, todo lo que como vida se nos asoma y a través de patrocinar el enriquecimiento sin medida de unos cuantos que resultan siendo los de siempre, qué responderemos cuando nos pregunten por nuestros niños?

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