Las discusiones políticas se han visto beneficiadas gracias al incremento de la alfabetización en casi todos los países occidentales y, sobre todo, al Internet como herramienta fácilmente accesible por casi todos los sectores de la sociedad.

Ya no es necesario tener el dinero para comprar revistas y periódicos especializados ni la educación para entender la política. Ahora, a través de Facebook, noticias virales y memes casi cualquier persona puede permanecer enterada de lo que sucede en nuestro país y lo que han y no han hecho los principales actores políticos nacionales e internacionales.

No obstante, esta democratización del debate tiene un lado negativo: se está abusando de la burla y se está permitiendo que aspectos pueriles reemplacen el verdadero control político que la ciudadanía debería ejercer.

Las redes sociales llevan años llamando “Maburro” al presidente de Venezuela, como chiste ante sus diversas salidas en falso entre las que se incluyen la multiplicación de “los panes y los penes”, el “autosuicidio” y el “milímetro de segundo”.

El Canal RCN es el mayor patrocinador de este tipo de burlas infantiles en contra del mandatario y en una ocasión dedicó varios minutos de tiempo al aire criticando un vídeo en el cual el venezolano bailaba cumbia colombiana, llegando incluso a entrevistar a una bailarina profesional para que dijera todos los errores cometidos por el presidente.

Más recientemente, el 31 de mayo de este año el Presidente Trump escribió por error en uno de sus twits “covfefe” cuando quería escribir “coverage” (que en español traduce “cobertura”, refiriéndose a la cobertura mediática). La palabra “covfefe” no tiene significado alguno en inglés e inmediatamente las redes sociales estallaron con memes y burlas y muchas personas declararon que un hombre que inventa palabras no está calificado para ser Presidente de los Estados Unidos. Desde ese día no se habla de otra cosa.

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No estoy diciendo que antes del Internet no se hicieran chistes políticos y burlas sobre aspectos pueriles de las realidades nacionales; por supuesto que se hacían. Mi intención es expresar que ahora, con la facilidad que tenemos para comunicarnos y la tendencia hacia decir todo con imágenes y pocas palabras, se está corriendo el riesgo de descuidar los aspectos verdaderamente sustanciales de la discusión política y se está dando demasiada importancia a las facetas menos relevantes de los personajes públicos, dando como resultado que muchas personas piensen que dichos aspectos de verdad son importantes.

No soy fanática de Donald Trump, pero me veo tentada a defenderlo cada vez que alguien usa su piel naranja, sus manos pequeñas, el pasado de su esposa o “covfefe” como argumentos en su contra.

Tampoco soy fanática de Nicolás Maduro, pero considero que utilizar sus pasos de cumbia, su bigote, su sentido de la moda y su mal manejo del idioma español como argumentos para oponerse a su gobierno solamente muestran pobreza intelectual por parte de quien hace la crítica.

No está mal divertirse a costa de los personajes públicos, pero hay que mantener en mente que su trabajo no es caernos bien, ni ser atractivos ni ser lingüistas profesionales. Su trabajo es gobernar un país y deben ser juzgados con base en tal.

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