Mucho se habla del problema de los taxis: prestan mal servicio, los conductores son groseros, están sucios, no respetan los deseos del usuario y muchos los usan como plataforma del crimen. Se dice que una vez se corrijan estos problemas, los taxis podrán presentar una competencia seria contra “Uber” y la piratería.

Como expresé en una columna anterior, esta idea es algo utópica pues mientras aunque se “desregule” el servicio de transporte público, los taxis van a seguir en desventaja.

El día de hoy quisiera enfocarme en un problema que no muchos han identificado como tal: el color amarillo.

Un popular adagio dirigido a las mujeres reza  “quien de amarillo se viste a su belleza se atiene”, significando que dicho color no conviene a la apariencia de nadie. En el caso de los taxis, podríamos decir “quien de amarillo se pinta, a su suerte se atiene”. No digo que el amarillo sea un color inherentemente malo, sino que *la uniformidad lo es* y está hiriendo gravemente al gremio.

Veamos un ejemplo:

Una marca de leche es conocida por estar enriquecida con vitaminas y minerales y por tener un mejor sabor que su competencia. Esta marca se identifica con un empaque azul y es considerada cara. Otra marca, que no presta tanta atención al contenido del producto sino que baja significativamente sus precios para dirigirse a un público de menores recursos, se identifica con un empaque rojo. Una tercera marca, de empaque verde, es cara, no tiene vitaminas y tiene mal sabor.

Cuando el usuario va al supermercado, podrá elegir entre las tres marcas de acuerdo con sus posibilidades y prioridades: si quiere calidad, comprará la marca azul; si quiere un buen precio, comprará la roja. Pocas personas comprarán la verde, que no representa ninguna ventaja.

Con el tiempo, los clientes van a notar que no vale la pena comprar la marca verde y esta se verá enfrentadas a la quiebra y deberá decidir bajar sus precios, mejorar su calidad o salir definitivamente del mercado. El que el usuario pueda identificar las diferentes empresas que brindan productos o servicios permite que los malos competidores mejoren o salgan del mercado, beneficiando entonces al consumidor.

Esto no sucede con los taxis.

Actualmente los taxis en Colombia son prácticamente iguales sin importar la empresa a la que pertenecen y, aunque tienen el logotipo de su empresa y algunos signos distintivos, estos no son lo suficientemente visibles para el usuario entre el fondo amarillo y las múltiples placas y señales que el taxi debe ostentar.

Dicha uniformidad hace que las empresas no puedan ni quieran establecer políticas de mejora del servicio y deban seguir permitiendo a los taxistas los comportamientos maleducados que los han hecho famosos.

¿Por qué?

Si una empresa de taxis decidiera crear la política de tener el carro perfectamente limpio en todo momento, ofrecer botellas de agua y aire acondicionado al pasajero y que sus conductores estén siempre vestidos en traje de paño, ésta política sería valorada por los usuarios pero no representaría mayores ingresos para la compañía pues “quien toma un taxi en la calle no sabe casi nunca a qué empresa pertenece cada vehículo”. Entonces, nadie tomaría la decisión consciente de preferir esa empresa sobre las demás sino que solamente disfrutarán el servicio mejorado cuando, por suerte, les correspondiera un vehículo que lo ofrezca.

Dado que la empresa de taxis estaría invirtiendo en un gasto adicional (lavado constante de carros, ropa de los conductores, gasolina del aire acondicionado y botellas de agua) pero no recibiría mayores ingresos por ello, sus utilidades se reducirían y pronto tendría que volver al mal servicio o salir del mercado. Esto no significa que esa empresa sea malvada, simplemente que sus dueños no quieren actuar en contra de su propio beneficio, tal y como cualquier persona racional lo haría.

Si, por el contrario, dicha empresa pudiera pintar sus vehículos de, digamos, azul, el usuario desde la distancia podría identificarlos y sería más probable que las personas tomaran la decisión consciente de preferir esos taxis azules por encima de los demás, lo cual sí representaría mayores ingresos para la empresa y, por tanto, prestar un buen servicio sí valdría la pena.

Es una lástima que el exceso de regulaciones nos afecte a todos: a los usuarios por no permitirnos tener un mejor servicio y a las empresas por no darles vía libre para competir con Uber.

Nos dijeron que el Estado reglamentaba las cosas en nuestro beneficio. Nos mintieron.

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