Se ha hablado tanto sobre si permitir o no a las parejas homosexuales unirse en matrimonio civil, que nadie se ha preguntado si éste realmente tiene razón de ser incluso en el caso de las heterosexuales-.

Pensemos en ello un segundo. Imaginemos que vivimos en un mundo donde el matrimonio civil nunca fue inventado y allí conocemos a una persona que amamos y con la que queremos compartir el resto de nuestra vida. ¿Acaso nuestra reacción frente a esto sería “oh, deseo que el gobierno se entrometa en mi relación”? Seguro que no.

El gobierno suele arruinar todo aquello que toca, entonces, ¿por qué permitirle regular el amor? Claro, no podemos ignorar que el matrimonio civil cuenta con algunas consecuencias que pueden llegar a ser útiles. No obstante, casi todas estas pueden lograrse sin necesidad de entrometer al Estado en nuestra vida de pareja:

  • ¿Queremos compartir la mitad de nuestros bienes? Para eso existe la copropiedad.
  • ¿Queremos que nuestra pareja herede parte de nuestro capital? Para eso existen los testamentos.
  • ¿Queremos que esa unión sea bendecida por Dios? Para eso existe el matrimonio religioso.

Por el contrario, si una pareja casada desea librarse de los efectos del matrimonio, no tiene esta posibilidad; pues aunque existen figuras como las capitulaciones y la liquidación de la sociedad conyugal, éstas no dejan en completa libertad a los cónyuges dado que siguen siendo herederos forzosos del otro, siguen teniendo deberes pecuniarios con respecto al otro y, más impactante aún, en caso de divorcio y bajo ciertas condiciones podrán ser obligados a proveer una cuota alimentaria vitalicia a su expareja.

El Estado ha llegado al extremo de no permitirnos ni siquiera elegir no estar casados: si una persona decide compartir habitación con su pareja, nace automáticamente una unión marital de hecho que tiene efectos casi idénticos a los del matrimonio. Contrario a la creencia popular, esta unión civil no surge después de dos años de convivencia sino inmediatamente a su inicio (lo que nace pasados los dos años son sus efectos patrimoniales).

No digo que sea necesario eliminar por completo el matrimonio pues muy seguramente muchas personas lo consideran útil y conveniente. Sin embargo, sí es un ejercicio interesante pensar al respecto y darnos cuenta de que la mera idea del matrimonio como una institución estrechamente ligada al derecho civil es simplemente un paradigma muy enraizado en nuestra mente pero que en realidad no es indispensable en un Estado de Derecho.

También es una buena oportunidad para darnos cuenta de cómo el Estado ha ido apoderándose de nuestras libertades poco a poco sin que lo notemos. Ya ni siquiera tenemos derecho a no estar casados.

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