Cada día nos causa mayor asombro el encumbramiento casi monárquico de que se rodean los magistrados de los tribunales y de las altas cortes –salvo contadísimas excepciones-. Y lo peor es que hay que reconocer que tienen de donde sacar sus ínfulas de grandeza: carecen de control disciplinario real sobre su trabajo, por lo cual, van y vienen de su despacho según su antojadiza programación y no los inmuta que contra sus determinaciones prosperen recursos ordinarios, extraordinarios ni acciones constitucionales; asignan funciones de las que tienen a su cargo sin consideración alguna a las capacidades de sus subalternos, de ahí que estudiantes recién desempacados de las facultades de derecho sean los encargados de revisar y contestar acciones de tutela, de resolver recursos, conflictos de competencia, etc., y la intervención del titular del despacho se reserve a los asuntos que, por quien sabe tal o cual razón, seleccionen como de su linaje y a la forzada presencia en las audiencias orales, así sea, con frecuencia, para mal leer los resúmenes y sustentación que aquellos les preparan. El consenso en las decisiones es a menudo una falacia; desafortunadamente, cada magistrado se ocupa de sus ponencias y el resto de quienes componen la respectiva sala de decisión las respaldan sin mayor información ni discusión y sin desgastarse en el análisis de los hechos, las pruebas y el derecho a proveer del cual debiera ser producto su postura, lo que, por supuesto, desnaturaliza la identidad colegiada del fallo que es a lo que aspiramos ingenuamente las partes cuando osamos acudir ante tan elevados peldaños.

Por contera los honorables magistrados tienen segura su asignación fija mensual y prestaciones legales y extralegales así su despacho no esté al día –siempre existe la disculpa de la “congestión” pese a cuanta medida se adopte-. Aparte, gozan de un sin número de permisos para desempeñarse como docentes y para participar como conferenciantes en cuanto diplomado, seminario, congreso, foro y similar se organice dentro y fuera de la sede del tribunal sin contar con el acceso prácticamente ilimitado a especializaciones, maestrías y hasta para cumplir invitaciones de carácter internacional. Ah! Y están los “juiciosos y abnegados” a quienes se les repite en el reparto de los habeas corpus en compensación de los cuales suman el tiempo necesario para sus viajes de esparcimiento en épocas distintas a las de vacancia judicial.

Quienes hemos sido víctimas o testigos de la arrogancia con la que, escudados en sus togas, miran y tratan a las partes, terceros y apoderados a quienes nos hacen sentir como bienaventurados por estar en su presencia podemos afirmar que la noción de colegaje con sus pares profesionales no existe en sus diccionarios y qué decir del respeto y consideración con que deberían otear al resto del conglomerado. No es gratuito que exista un coloquial y jocoso comentario sobre la diferencia que existe entre jueces y magistrados: los primeros se creen Dios; a los últimos no les cabe duda de que lo son!

 

No es, semejante régimen, absolutamente concordante con la mal concebida majestad de la justicia?

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