“Esto es Macondo”, dijo un bloguero esta semana mientras se quejaba de las contradictorias posiciones de la derecha colombiana.

Una compañera de trabajo dijo lo mismo hace un tiempo, mientras escuchábamos un programa radio matutino y se comentaba de una nueva banda criminal que operaba en Bogotá, cuyo modus operandi era tan “divertido” que parecía sacado de una obra de teatro. Me reí.

Escucho la misma frase más o menos una vez al mes. La usamos los colombianos para reírnos de nuestras propias situaciones absurdas. Para resaltar los infortunios que tenemos que soportar en nuestra vida cotidiana, tanto política como culturalmente.

García Márquez era un genio. No solamente creó una obra maestra merecedora del premio más importante de nuestros tiempos, sino que además, logró romantizar nuestro sufrimiento de una manera que lo hizo menos doloroso.

Tomó todas nuestras ironías y contradicciones, los detalles risibles de nuestro país, y los compactó en un nuevo concepto que cambió para siempre la manera en que los colombianos nos vemos a nosotros mismos: Macondo.

Nos dio una manera de explicar la frustración permanente en la que vivimos, lo absurdo de lo que nos rodea y el sentimiento de impotencia y confusión que acompaña todo el tiempo a nuestra nacionalidad. Gracias a él, no somos solamente ciudadanos inconformes; somos los personajes de un mundo ficticio y mágico.

Y nos hace sentir mejor. Porque hay algo de elegancia en vivir en un mundo creado por un genio, incluso si eso significa vivir en medio del desastre.

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